La paz en la proyección política de Fidel Castro

La noción de Fidel Castro sobre el concepto de paz y la coexistencia pacífica en las relaciones internacionales no puede concebirse sin tener en cuenta su sentido de pertenencia a una comunidad humana que trasciende los términos de raza, nación o cultura
Autor: Orlando Abel Martínez Fernández | internet@granma.cu
10 de agosto de 2017 23:08:15

Como político revolucionario, Fidel une a su condición de estadista y pensador, una visión crítica, antidogmática, de la realidad social. El líder cubano percibe la necesidad apremiante de desarmar el andamiaje múltiple de la dominación, y que dicha exigencia está estrechamente vinculada a la deconstrucción teórica y de carácter jurídico, de la «normalidad» impuesta a las relaciones entre los estados, bajo el sistema capitalista.
El abordaje ecuménico del fenómeno que realiza el estadista, por su basamento ético universal, supera la contradicción liberal entre individuo y Estado, así como entre los derechos de los ciudadanos metropolitanos y los derechos de los ciudadanos de las antiguas colonias.
Desde una perspectiva antihegemónica, entiende que solo transformando el orden internacional prevaleciente y subvirtiendo el modo de ser propio de las relaciones políticas entre los estados capitalistas, rearticulando la injusta división internacional del trabajo con su consustancial polarización de las riquezas a nivel global que impide el desarrollo socioeconómico de los países tradicionalmente colonizados y marginados del progreso, se puede construir y concertar una paz duradera, sobre bases de justicia, y fundamentada en la solidaridad real entre los pueblos y gobiernos; un nuevo orden civilizatorio, multicultural y respetuoso de las diferentes formas de vida y de gobierno existentes.
Con ese entramado conceptual, consigue revelar la relación orgánica entre paz, desarrollo socioeconómico y justicia social.
Durante su intervención en la Sexta Sesión Plenaria de la Conferencia Económica de los 21, celebrada en Buenos Aires, el 2 de mayo de 1959[1], Fidel aclaraba un punto medular, al reconsiderar los criterios asumidos hasta entonces por la clase política latinoamericana e invertir la lógica prevaleciente en el cónclave. La cuestión de que la inestabilidad política existente en la región no era la causa del subdesarrollo económico y social de sus pueblos, sino precisamente su consecuencia, y ante la esperanza que despertaba en algunos políticos el derrocamiento de algunas dictaduras en el continente, señalaba que esto era una mera ilusión, hasta tanto no se resolvieran los problemas de la miseria y la precariedad social en que vivían la mayoría de sus habitantes, recalcando que las condiciones económicas y sociales de América Latina hacían imposible la realización del ideal democrático basado en la paz y la justicia.
En todo caso, la permanencia de estas condiciones dejaría las puertas abiertas para la instauración de gobiernos de fuerza, que custodiarían el orden a sangre y fuego, y calificarían a su vez de anárquicos y criminales todo intento de revertir tal estado de cosas. Eso era lo que históricamente venía sucediendo en América Latina, de ahí que se instalara una mirada inversa y alienada de razonamiento según la cual, la paz, como era entendida por las clases políticas, es decir, la obediencia genuflexa de los pueblos al status quo, la aceptación acrítica de sus relaciones subordinadas, era un requisito indispensable para la consecución de la estabilidad social que atrajera inversiones, que a su vez, garantizaran el desarrollo.
Naturalmente, el cínico presupuesto fue desmantelado por el joven revolucionario cubano, al argumentar que solo un modelo que articulara la cooperación de todos, y exigiera sacrificios, no solo a los obreros, sino a todos los sectores sociales, que satisficiera a todos por igual, podría asegurar la estabilidad política, el progreso económico y la paz social.
En el contexto de su participación en los debates de la Asamblea General de las Naciones Unidas, celebrada en Nueva York, en noviembre de 1960, en memorable discurso, esclarecía cuál era el «quid de la paz y de la guerra», el hecho de que: «Las guerras, desde el principio de la humanidad, han surgido, fundamentalmente, por una razón; el deseo de unos de despojar a otros de sus riquezas»[2], dejando plasmadas en el escenario las emblemáticas palabras: «¡Desaparezca la filosofía del despojo, y habrá desaparecido la filosofía de la guerra!. ¡De-saparezcan las colonias, desaparezca la explotación de los países por los monopolios, y entonces la humanidad habrá alcanzado una verdadera etapa de progreso!»[3].
Coincide aquí con una línea de argumentación según la cual el terror no es la guerra, sino la ideología que la engendra. El hecho verificado históricamente de que toda filosofía excluyente y elitista deviene por su peso en una praxis irracional de violencia.
La visión global del líder cubano respecto al dilema de la paz, sometía a juicio, no solo el fenómeno colonial, en momentos en que tenía lugar un amplio proceso de descolonización en Asia y África, sino la propia lógica del capital, referente a la tasa de ganancia y la idea arraigada en círculos políticos de los Estados Unidos, de que la industria bélica constituía un estímulo para la economía en momentos de crisis, por la posibilidad de generar empleos, idea pervertida por una pretensión de asepsia que dejaba sin respuesta el impacto futuro de la construcción de armas, como si fuese un bien de consumo más, necesario e inocuo.
Frente a ello, desenmascara el nefasto papel del Complejo Militar Industrial como generador de conflictos y tensiones internacionales, por la sencilla razón de que todo capitalista necesita un mercado para sus productos, y estos, un espacio donde materializar su valor de uso; por eso apoyaba la propuesta de desarme total hecha por la Unión Soviética en la reunión y enfatizaba: «La historia del mundo ha enseñado trágicamente que las carreras armamentistas han conducido siempre a la guerra»[4], situación agravada, en un momento como ese por una responsabilidad mayor, alertando contra el peligro de una hecatombe nuclear; en tanto finalizaba su alocución reivindicando lo expresado unos meses antes en la Asamblea
General Nacional del pueblo de Cuba, reunida en La Habana, «el derecho de los pueblos a convertir sus fortalezas militares en escuelas, pero también el derecho de sus obreros a armarse para defender sus destinos».[5]

Fidel Castro junto a Michael Manley, Primer Ministro de Jamaica; Maurice Bishop, Primer Ministro de Granada y Kurt Waldhein, Secretario General de la onu, durante la Sexta Cumbre del mnoal, en 1979. Foto: Emilio Argüelles
Durante su histórica intervención en el ámbito del XXXIV periodo de sesiones de la Asamblea General de la Organización de las Naciones Unidas, acontecida el 12 de octubre de 1979, daba a conocer las conclusiones de la Sexta Conferencia Cumbre del Movimiento de Países No Alineados, que acababa de tener lugar en La Habana, mandato que asumía, no a nombre de Cuba, bloqueada y agredida, sino de la inmensa mayoría de la humanidad: los países colonizados y marginados del desarrollo, agrupados en ese movimiento.
En dicho cónclave demandaba, una vez más, la necesidad de cambiar el sistema de relaciones internacionales vigente y la aspiración a instaurar un nuevo orden basado en la justicia, la equidad y la paz. Instaba, entre los problemas a debatir en la Asamblea, a colocar en primer puesto la búsqueda de la paz, pero no una paz selectiva, ni discriminatoria, sino indivisible, que beneficie por igual a todos, «que abarque todos los ámbitos del mundo y llegue a todos sus ciudadanos[6]».
Para el Movimiento, del cual el estadista fue uno de sus más activos defensores, los principios de la coexistencia pacífica constituyen la piedra angular de las relaciones internacionales, la base del fortalecimiento de la paz y la seguridad internacional, pero llevan intrínsecos otros como el derecho de los pueblos a la libre determinación, a escoger su propio sistema social, político y económico.
No obstante, estos preceptos, asiduamente enarbolados en las tribunas, no han disfrutado del certificado de garantía en la vida práctica, por eso, para ser consecuentes con esa preocupación de primer orden dentro del programa del Movimiento, no bastaba con buenas intenciones y llamados beatíficos a convivir como hermanos, se imponía echar abajo la arquitectura del poder global y unirse contra toda forma de injerencia externa en los asuntos internos de una nación, demandando igualmente detener la carrera armamentista y reorientar esos recursos al desarrollo sostenible del Tercer Mundo.
Culminaba su fulminante discurso llamando a cesar el intercambio de-sigual, sustituir el sistema monetario internacional, cancelar la deuda externa de los países pobres y a eliminar el abismo económico y la polarización de la riqueza, poner fin al modo de vida instalado en las sociedades primermundistas, irracional y consumista, y luego, una sentencia premonitoria: «Si no encontramos soluciones adecuadas, todos seremos víctimas de la catástrofe».[7]
«¿Para qué sirve entonces la civilización, si no es capaz de resolver estos problemas?», decía Fidel, «¿Para qué sirve la conciencia del hombre?, ¿Para qué sirven las Naciones Unidas?».[8] A más de 30 años, soberbia y oídos sordos mediante, el mundo es testigo de la vigencia de sus palabras.
Hablar de paz, sin tener en cuenta los millones de hambrientos, enfermos y analfabetos que existen en el mundo, resultaba cuando menos una burla obscena. Pese al oscuro cuadro, no se percibe la pretensión de asumir el papel de profeta de la revolución. Prevalece, por encima de todo, una apelación a la paz y a la colaboración entre los pueblos.
Su llamado a olvidar el lenguaje amenazante de las armas y a consagrarse civilizadamente a resolver los problemas más urgentes que agobian al mundo, como deber sagrado de todos los ciudadanos del planeta, en primer lugar los estadistas, se mantiene alejado de los centros del capital global, pero resuena aún como un repique de campana que impide dormirse a la conciencia de la opinión pública mundial.
La noción de Fidel Castro sobre el concepto de paz y la coexistencia pacífica en las relaciones internacionales no puede concebirse sin tener en cuenta su sentido de pertenencia a una comunidad humana que trasciende los términos de raza, nación o cultura; un sentimiento incorporado a la identidad cubana, que alcanzó su más alta expresión en Martí, y que se concreta en su vocación internacionalista, configurando un cuerpo axiológico que forma parte esencial de su proyección política.
Por eso, ante las propuestas o exigencias de pragmatismo, características sin duda necesarias a todo líder político, su respuesta no puede soslayar los principios éticos que rigen la política exterior de la Revolución Cubana.
En ese sentido, la flexibilidad correspondiente a cualquier negociación política para llegar a un diálogo con el principal enemigo del pueblo de Cuba, el gobierno de los Estados Unidos, está sujeta a factores que van más allá del conflicto bilateral entre ambas naciones; y es que entre las premisas para el establecimiento de relaciones «normales» entre los dos países, no pueden introducirse, bajo ningún concepto, el silencio y la complicidad de Cuba con la política de saqueo económico y el injerencismo históricamente practicado por el gobierno de los Estados Unidos en los países del Tercer Mundo, por muchos beneficios que esa relación reportara para la Isla.
De ahí que su argumento resulte tajante: «¿Qué debemos hacer nosotros? ¿Callarnos la boca y no hablar de esas cosas, no denunciar estas cosas para tener buenas relaciones con Estados Unidos?»[9], porque para el líder cubano, existen concepciones en las que no puede haber compromisos, aunque puedan encontrarse puntos de acercamiento en otras áreas[10].
Esta es una idea que reitera en su discurso en el Aula Magna de la
Universidad Central de Venezuela, el 3 de febrero de 1999, cuando afirma: «¡Que no se hagan ni la más remota ilusión de que, si un día suspenden el bloqueo, Cuba dejará de hablar con la misma franqueza y la misma honestidad con que ha estado hablando durante estos cuarenta años!»[11].
La expresión del desarrollo de las ideas del compañero Fidel sobre la paz, se muestra evidente en tres direcciones fundamentales: 1- la batalla por los derechos del pueblo cubano a vivir en paz y construir su destino, frente a la hostilidad permanente del gobierno de los Estados Unidos, que ha hecho todo lo posible por impedirlo, pretendiendo ahogar aún el propio derecho a la vida. Eso y no otra cosa es lo que representa el bloqueo; 2- su participación mediadora en la solución de conflictos regionales y locales, a petición de las partes implicadas y 3- los esfuerzos a favor de la paz mundial, indisolublemente unidos con la condena a la carrera armamentista y por la transformación del orden internacional vigente.
Se expresa en su alerta temprana sobre las consecuencias que traería la cruzada contra el terrorismo emprendida por el gobierno de los Estados Unidos en términos de caos, rebelión e ingobernabilidad para todos, por cuanto el precio a pagar afectaría también a los países ricos, así como el hecho de poner a un lado asuntos de real interés, relacionados con la propia supervivencia de la humanidad. El desastre ambiental y ecológico, serían secuestrados del debate público global, ocultados por la cortina de humo de la amenaza terrorista.
En el Mensaje a los estudiantes universitarios cubanos, del 4 de septiembre del 2010, señalaba la responsabilidad que asume Cuba hoy, frente a los problemas globales, mayor que en otros momentos, por los caracteres trágicos de la coyuntura, debido a los grados de irracionalidad e ingobernabilidad de la política sistémica del capital, entre ellos, en primer orden, el desmesurado arsenal y poder destructivo de las armas acumuladas.
El discurso argumental de sus reflexiones que lo ocuparon en los últimos años, estuvo marcado por dos objetivos fundamentales; la convocatoria a movilizar a la opinión pública mundial, como una vía ineludible para enfrentar los graves peligros que acechan a la humanidad, convencido de que, ante fenómenos y situaciones que devienen condiciones objetivas de carácter global, el sujeto del cambio revolucionario tendrá que ser inevitablemente de carácter universal. En el propio mensaje a los estudiantes universitarios resaltaba: «Si quieres la paz, prepárate para cambiar tu conciencia»[12], pues ante la capacidad de concertación de un poder global, se impone la tarea de erigir una sociedad civil internacional armada de conciencia crítica.
Conjuntamente llamó a mantener la confianza y el optimismo en los resultados y las posibilidades de la lucha por revertir esta triste realidad, a pesar del pesimismo que pueda invadir a muchos, incrementado por el hecho de que los centros del poder mediático tratan de instalar, como sentido común de una época, el hedonismo escapista y la desconexión social frente a la realidad opresora que sobrepasa al hombre común y que excede a su poder de decisión, con lo que se refuerza la sensación de impotencia ante la imposibilidad de cambiar las estructuras vigentes.
Frente a ello, la ideología de la Revolución Cubana y el pensamiento de Fidel Castro contraponen la inamovible fe en el mejoramiento humano y en la posibilidad de un mundo mejor como única alternativa.
Frente a las construcciones hegemónicas que exaltan la guerra como fuente de gloria, expresión consustancial a la naturaleza humana y una de sus más eximias creaciones culturales, urge como deber ineludible oponer una verdadera cultura humanista resumida por Martí en ese canto a la autonomía del hombre que es su ensayo sobre el Poema del Niágara, cuando afirmaba: «La guerra, antes fuente de gloria, cae en desuso, y lo que pareció grandeza, comienza a ser crimen. La batalla está en los talleres; la gloria está en la paz; el templo, en toda la tierra; el poema, en la naturaleza».[13] Esas son las claves que el compañero Fidel hizo suyas, y regieron su pensamiento y acción revolucionarios.

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